HOMBRE ARMADO PROVOCA EL CAOS EN UNO DE LOS ESPACIOS ARQUEOLÓGICOS MÁS VISITADOS DE MÉXICO

HOMBRE ARMADO PROVOCA EL CAOS EN UNO DE LOS ESPACIOS ARQUEOLÓGICOS MÁS VISITADOS DE MÉXICO

CORTESIA PAULINA FLORES RAMÍREZ, EL PAÍS

Edgar Pérez, de 34 años, arregla las jardineras de las entradas de las turísticas pirámides de Teotihuacán, en Estado de México, cuando escucha los dos primeros disparos. Pum, pum. “Nos espantamos. Le digo a los compañeros, ‘¡a ver para dónde nos vamos!’. Nos fuimos para allá abajo”, cuenta. En el interior de la zona arqueológica, un hombre armado camina sobre la Pirámide de la Luna con la inquietante parsimonia de quien acaba de desatar el terror y todavía no evalúa lo ocurrido. Minutos después, se quita la vida, según la versión de las autoridades. Es la macabra escena que este lunes ha dejado dos muertos —el atacante y una turista canadiense— y 13 heridos. Dos de los lesionados eran menores, de 6 y 13 años.

Los disparos despiertan el terror entre los turistas que pasean por el lugar, y pronto desemboca en el caos. “Empezaron a llegar las patrullas y empezaron a desalojar a la gente”, narra Pérez, que unas horas después de lo ocurrido continúa arreglando las jardineras. Dice que es la primera vez que eso ocurre en el lugar y siente que es uno de esos eventos que despiertan el temor en los turistas. “Yo digo que tanto sí van a dejar de venir, porque es la primera vez que pasa. El turismo sí va se va a espantar un poco”, prevé.

Yesenia Espinoza, una trabajadora del lugar de 26 años, estaba dentro del recinto cuando comenzó el tiroteo. Ella se encontraba en la Pirámide del Sol y, aunque desde ahí, a unos metros de la Pirámide de la Luna, donde el tirador se encontraba, no escuchó los balazos por el ruido de los “arreglos que están haciendo dentro de la zona”, cuenta que vio cuando la gente empezó a correr por la Calzada de los Muertos: “Empezamos a escuchar cómo los policías y los de los módulos de información empezaron a radiar que se necesitaba desalojar puesto que no podían agarrar al agresor”. Espinoza, que lleva alrededor de 10 años trabajando en Teotihuacán, afirma que “pasó un buen rato para que llegaran las autoridades”, y se queja de que la seguridad privada encargada de la entrada no cuenta con armas ni está preparada para atender situaciones como la de hoy.

Un par de horas después del tiroteo, en las puertas del recinto, se respira un aire de extraña calma. No hay turistas, y los contados visitantes confundidos que llegan, suben de nuevo a sus vehículos con el rostro desencajado por encontrar la icónica atracción cerrada. Los guías turísticos y los empleados de los restaurantes de los alrededores se mantienen sobre la calle tratando de llamar la atención de alguno de los pocos forasteros que quedan, pero que ya preparan su regreso a la capital.

En la calle empedrada que rodea las pirámides, algunos carros de operadores turísticos transitan esperando encontrar a algún turista despistado para ofrecerle algún recorrido alternativo. Mientras, los locales se mueven en motos, ajenos a la extraña movilización de elementos de la policía, el Ejército mexicano y la Guardia Nacional que se ve en la zona.

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